sábado, 12 de julio de 2008

2Kb

Carla Alvarenga

Ya estaba recuperando su ánimo, podía estar sólo en el cuarto, en la casa, sin que al pensar en ella brotaran de sus ojos dolorosas lágrimas. La música sonaba como era, no como un tango eterno de esos que escuchaba hace unos días. No Doubt y Creed, ya no eran ellos, le sonaban a Gardel. Fuertes y penetrantes tumbos que se agudizaban con el ronco de la voz y se le clavaban como agujas hechas de letras en donde siempre estaba ella. De canción en canción cambiaba de nombre, de piel, de cabello, pero para él era ella. Él sintiendo por y con ella. Seguía sólo.

Estaba con Grishman y sus suspensos. Quiso saber lo que le había escrito, no había visto el aviso, pero pronto se encontraría con un fondo blanco de tequila en el nick y 2kb de Susana en la bandeja de entrada.

Leer. No leer. Era corto, falto de letras, para lo que él creía necesitar, quizá falto de sentimientos, o tal vez no, quizá era una frase tan cargada como inexplicable. Leer. No iba a ser como los 2kb de antes. Traviesos con frases sentidas y cariñosas, o los que más gustaban, propuestas indecentes que para él significaban el momento de decencia más magnánimo de Susana.

Un titubeo. Leer. Error. ¿Leer?. ¿Y si era un aviso?. ¿Si lo a iba a perturbar de nuevo?. ¿Si le devolvía a Gwen la voz de Gardel?. Perturbado ya estaba, su sólo nombre en la bandeja de entrada con un alma de 2kb y el mensaje no leído ya era desconcertante. Era ella. Era él extrañándola a ella.

Actualizar. Leer. Pantalla iluminada, con borde azul y centro blanco. Blanco con marcas negras, símbolos que arman un párrafo. Blanco espacio. Susana Vennett.-

(3er semestre - Taller de Redacción I - 2006)

Mi préstamo a la vida

Carla Alvarenga

¿Quién lo iba a creer?, tanto tiempo, tanta vida, todo pasa, todo queda. ¿Cuándo pasó?, ¿Cómo pasó? No me di cuenta de cómo llegó este momento. Es triste, ya no eres mía. Falso, siempre lo serás. Pero ya volaste.

Ahí estas, con tu nerviosismo inmóvil, que me asusta y me inunda los ojos de melancólicas y nostálgicas lágrimas. Tan llena de vida, pero tan rígida. Tan de luto, tan de negro.

Me acuerdo como si fuera ayer cuando en éste mismo mundo te aferraste a mi pierna (tan gigante y segura para ti) como si fuera una columna del coliseo que años después conocerías, pero con esa misma inmensidad para ti.

Muchos niñitos alrededor, algunos descubriendo el misterio de tus rulos, otros tratando de conocer a tu amiga, esa muñeca que el niño Jesús te había dejado bajo el luminoso y colorido arbolito de la casa, hacía ya un tiempo, esa misma a la que le imprimías vida. Habían otros que entre lo que me tratabas de decir, veías atentamente, estaban haciendo algo que te parecía conocido: atados y tristes rogando porque no los abandonaran, aferrados a partes del cuerpo de despiadados adultos. Muchos gritos, mucha bulla, querías tú cama y a tu Naia. No te gustaba estar igual a los demás. Llegó por ti una completa y estirada desconocida, reacia y entre lágrimas que llenaban tus pequeños ojos me dejaste de ver fatídicamente, paso a paso.

Seis horas fueron un siglo, pero me recordaste cuando a la puerta te estaba esperando, un abrazo reconfortante y culpable me acechó. Desde ese día, todas las mañanas te molestaba algo que no podía dejarte salir de la cama, a medida que fuiste aprendiendo enfermedades te las atribuías todas, poco a poco esos pesares que algún días me achacaste, los iba padeciendo yo y achacándotelos a ti.

Hoy. Aquí. Ahí. Con tu largo trapo negro y ese sombrerito, sé que ya te perdí, tu medalla adornando tu cuello y alumbrando tu sonrisa, son la firma y el sello de mi préstamo a la vida, pero yo siempre seré tu propia columna del coliseo.


(3er semestre - Taller de Redacción I - 2006)

No estaba solo

Carla Alvarenga

¡Me atacó! Corría desesperada de ese ser maligno y despiadado. Mientras más me alejaba más sentía su presencia. No quería mirar atrás, pues huía de su aspecto repugnante, pero él no se daba por vencido en su afán de atacarme.

Podía escuchar el arrastre de sus pasos. Sin darme cuenta estaba adentro de ese oscuro y sucio edificio, corrí por las escaleras, pero en el primer piso no había nada más que la puerta de un ascensor, y su presencia aún me hostigaba. Desesperada llamé al ascensor, él cada vez más cerca, cuando abrieron las puertas entré.

Acabo de despertar, todo mi cuerpo está rígido y ausente. Me costó reconocer este cuarto de hospital, de pronto el arrastre de unos pasos me llevó a mirar la ventana. El pánico estremeció mi cuerpo. Me di cuenta que él aún estaba ahí, y no estaba solo. Cada vez caían más y más gusanos en la ventana, yo no podía hacer nada. Esta vez no podía correr.


(3er semestre - Taller de Redacción I - 2006)

martes, 8 de julio de 2008

As seen on TV

Yimmi Castillo

Play.

Imagen intermitente, interminable, chispeante. No hay nada aún. Aparece algo de pronto. La cámara apuntando el suelo. Movimientos descontrolados y frenéticos: Nubes, una calle, suelo, un perro, una casa.

Paneo de izquierda a derecha.

Imagen de una casa, mi casa. La pared es azul. ¿Esa pared no la pinté de verde ayer?

Traveling in.

Se abre la puerta de la casa, la cámara avanza, pasa por la sala. Muebles, fotos, un espejo. Varios cuadros en la pared. La pared es blanca, aún lo es. La cámara se detiene frente a la cocina

Plano General.

La cocina por dentro: el fregadero, cuatro gabinetes, dos están abiertos.

Zoom in.

Primer plano de un paquete de azúcar y uno de café.

Zoom Out.

Traveling in con paneo de derecha a izquierda.

La mesa del comedor, de seis puestos, con el centro de mesa que compró mi mujer al buhonero aquel en Sábana Grande.

Traveling out. Paneo de izquierda a derecha.

Otra vez la sala.

Paneo de derecha a izquierda.

La puerta de mi cuarto. Al lado, la puerta del cuarto desocupado destinado a mi primer hijo. Ambas puertas están cerradas.

Primer Plano de la puerta de mi cuarto.

Traveling in.

La puerta de mi cuarto se abre. Mi cama, una voz: “Mi amor, ¿llegaste?”.

Paneo de derecha a izquierda.

Plano general de la puerta del baño.

Mi mujer sale desnuda. Cara de sorpresa, grita, intenta correr.

La imagen se voltea, de lado. Rebote. La cámara queda fija. Al parecer cayó en la cama. Un hombre, o más bien sus Levi’s. Toma a mi mujer, creo que la agarra por un brazo, su brazo izquierdo. La golpea, la mete en el closet.

Pausa.

Miro al closet.

Play.

Pantalla negra

Forward.

Imagen chispeante, la misma del inicio. Nada, al parecer eso es todo.

Stop.

Me dirijo al clóset. Dudo. Abro la puerta.

No hay nada

Bajo la mirada. Una nota en el piso.

Tomo la nota y la leo:

“Si lo viste en televisión, ¿debe ser verdad?”.


Taller de redacción I. 2005 (Creo). Reeditado en 2008.

La Misión

Yimmi Castillo

Entré en ese extraño aparato. La compuerta se cerró a mi espalda y miles de luces brillantes y de muchos colores encandilaron mis ojos. Me sentí mareado y un fuerte sonido me aturdió hasta el punto que no supe más de mí.

Al despertar me hallé en un sitio extraño pero familiar. Recordaba vagamente lo que había sucedido; aquel científico loco había logrado convencerme para formar parte de su experimento, no sé como lo hizo. Lentamente traté de hacer memoria para recordar todo lo sucedido: el científico, sus palabras, aquel líquido verde brillante y la máquina que me trajo hasta aquí. En sus palabras recuerdo vagamente haber escuchado algo de un lugar al otro lado del Sol que necesitaba ayuda, habló de una misión, pero no logré recordar más.

Decidí recorrer el sitio para intentar resolver el problema de cómo y por qué estaba allí. El lugar, a pesar de parecerme familiar, tenía algo en el aire que no me ayudaba a respirar bien, ¿qué será ese olor tan extraño? Caminé un largo trecho y llegué a una construcción antigua, solo recordaba haberla visto en libros de historia. De pronto vi acercarse a mí un vehículo tan antiguo como la construcción por la cual se trasladaba. En ese momento recordé mi aeromóvil y extrañé tenerlo conmigo, hubiese recorrido todo ese lugar a la velocidad de la luz y hubiese recordado al fin qué diablos hacía yo aquí.

Fue en ese momento cuando me di cuenta que no estaba en mi planeta, y luego un recuerdo fue llegando tras otro. Mi misión, me hallaba en un planeta extraño, el tercer planeta de la galaxia vecina. El mismo que tenía un atractivo color azul que lo destacaba entre los demás en aquel mapa estelar. Recordé que aquel científico era mi padre y alarmado entendí por qué estaba aquí.

Salté ante el vehículo que frenó bruscamente, de él salió un humano, intenté hablarle pero me di cuenta que no comprendía mis palabras. Estaba asustado, supuse que nunca había visto a alguien como yo, y las diferencias físicas evidentes no me ayudaban a comunicarle que venía a cumplir una misión importante en su planeta.

El humano entró de nuevo en su vehículo, sacó un arma antigua, me apuntó y disparó.

Misión fallida.


Castellano II. 2004.

La traición

Yimmi Castillo

"Ja ja ja ja". Las risas invadían al apartamento por completo. Cerré la puerta con mucho cuidado para no hacer ruido. Fui a la cocina a prepararme un café. Definitivamente necesitaba una buena dosis de cafeína que me preparara a lo que estaba a punto de descubrir.

Mientras el agua alcanzaba su punto de ebullición, recordé el día en que la conocí.

Iba sentada a mi lado en un autobús que cubría la ruta Caracas-Valera. Le pregunté la hora como excusa para iniciar la conversación. "Son las cinco en punto", respondió ella de manera indiferente. El viaje fue largo y la relación se inició de manera casi inevitable, era preciso mantener una conversación para pasar el tiempo. Al llegar al Terminal, bajé con mi morral en una mano y su teléfono anotado en la otra.

Siempre supe de su personalidad libertina, así lo acepté, así decidí tener una vida a su lado, así incluso compartí fantasías y aventuras sexuales con compañeras de trabajo, suyas y mías, realmente la palabra traición no cabía dentro de nuestro mundo.

El café caliente mojó mis labios, quemó un poco mi lengua y me repuso del cansancio del día. ¿A quién habrá traído esta vez? ¿Ana? ¿Daniela? ¿O las gemelas que conocimos en el ferry las pasadas vacaciones?

La excitación me desbordaba mientras cruzaba el pasillo al cuarto. Las risas se hacían más fuertes, la humedad invadía mi entrepierna. Me quité la ropa antes de entrar. Menos mal que me había puesto el conjunto de encajes rojos que tanto le gustaba. Abrí la puerta cuidadosamente. El cuarto estaba en un desorden tremendo y las risas cada vez más cercanas venían del cuarto de baño.

De pronto, mis ojos vieron algo en el piso. Una angustia tremenda invadió mi pecho y las lágrimas en mis ojos hicieron acto de presencia. Caminé hacia el baño con el temor de descubrir lo que ya había descubierto, fue entonces cuando noté que una de las risas era diferente a todas las risas que habían cruzado ese cuarto dejando su eco, fue entonces cuando la palabra traición cruzó mi mente y se manifestó en mi boca.

Mis ojos daban fe a mis temores, allí estaba ella, cometiendo el peor acto de traición que se le puede hacer a una mujer enamorada. Retrocedí sin que se notara mi presencia, mis piernas flaquearon haciéndome caer al piso, justo encima de la corbata y la caja de condones que rato antes delataron su acto vil. ¿Como se atrevió a ensuciar mi cama con ese fétido líquido seminal?

Me levanté a buscar el arma que guardaba bajo el colchón, la tomé y fui de nuevo hacia ellos, levanté el arma, apunté y disparé.


Taller de redacción I. 2005.

Yo reflejo

Yimmi Castillo

“Sabes bien que no quiero hacerlo”. Ella dijo eso parada frente a mí. Era primera vez que veía a esta mujer, pero, he visto muchas mujeres en mi vida, así que en realidad no podría afirmar si la había visto o no. Sacó una pintura que se echó en los labios tornándolos de un color rosa pálido que le transformó la cara. Llevaba puesta una blusa negra manga larga, unos guantes negros, uno de ellos puesto encima del lavamanos mientras hacía su trabajo de embellecimiento.

-Así sea para cometer un crimen hay que ser bella –dijo, pero esta vez fue algo extraño, no noté movimiento alguno en sus labios -, tenemos que hacerlo, lamentablemente o afortunadamente.

-Pero, es que no le encuentro sentido a esto de matar por algo de lo que no estoy convencida –esta vez si hubo movimiento en sus labios -, realmente no lo quiero hacer.

La otra voz venía de mí. Hasta ese momento jamás había sentido eso, pensaba que mi función era simplemente estar parado allí y que la gente buscara su reflejo en mi cara. Y en ese sentido había visto muchas cosas. Un día la señora de la casa se pasó toda la mañana haciendo muecas extrañas, de haber tenido boca me hubiese reído a carcajadas. Otro día el señor entró muy molesto y golpeó con su puño mi cara, dejándome una grieta que hasta el día de hoy me adorna. Pero, definitivamente a esta mujer no la conocía.

-No tienes que estar convencida de nada, es algo que tienes que hacer y punto –la voz dentro de mi estaba algo molesta, al parecer -. Eres una tonta, termina y sal de aquí.

-Espera, tengo que ponerme esto.

Sacó un pasamontañas negro de un bolso que traía y se lo colocó, la voz dentro de mi le contestó: “Date prisa, no hay tiempo que perder. Debemos hacer justicia”.

Era extraño, yo no quería decirle esas cosas, es más, no era yo quien se las decía. La mujer metió todo en el bolso y se dirigió a la puerta del baño, se detuvo y se volvió a mí. Su rostro, todo cubierto de negro tenía un ligero contraste con los labios rosa pálido que sobresalían por uno de los orificios del pasamontañas.

-Si llego a fracasar tengo que acabar con mi vida. ¿Tú vas a explicarle a mamá?

-Si tú fracasas, yo también fracaso. Los de la organización le hablarán de lo que pasó, tal como quedamos.

La mujer salió rápidamente. Yo me quedé ahí en mi puesto, dispuesto a seguir siendo el espejo del baño del palacio de gobierno que siempre había sido. De pronto escuché a la señora gritando, luego un disparo, dos, tres, mucho silencio. Unos pasos, la mujer entró de nuevo al baño un poco agitada, se quitó el pasamontañas y sonrió ante mi.

-Lo hicimos…

-Sí, lo hicimos. Vámonos de aquí antes que alguien se de cuenta.


Castellano II. 2004.